
La vida y los pensamientos de la filósofa Hanna Arendt –nacida en Hannover en 1906 y fallecida en Nueva York en 1975– constituyen algo así como una parábola del siglo que terminó junto con el milenio. Como judía alemana (a pesar de su vocación universalista: en una carta de 1951 dijo que nunca se había sentido alemana y que hacía tiempo que había dejado de sentirse judía) su paso por el siglo XX estuvo signado por algunas controversias. Su affaire con el filósofo Martin Heidegger, que adhirió entusiasmado al nacionalsocialismo de Hitler desde su cátedra en la Universidad de Friburgo todavía genera polémicas (aunque de ningún modo impugna en lo más mínimo su obra ni la del propio Heidegger, cuyos aportes a la filosofía de la técnica continúan siendo fundamentales); fueron amantes unos 4 años y después de la caída del III Reich ella volvió a tratar con él, e incluso le hizo algunos favores editoriales.
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